jueves, 17 de abril de 2008

Para triunfar hay que tener hambre

¿Qué hay que hacer para triunfar? Le pregunté a Joan Guzmán, campeón mundial de boxeo que proviene del humilde barrio capitalino de Villa Juana. Con su cara muy seria, me dijo sinceramente: “Tener hambre”. Hambre de sueños, hambre de dejar de tener hambre, hambre de triunfar. Yo quiero que mis hijos tengan hambre, para que luchen como yo luché”, remató. Sus palabras me quedarán grabadas por siempre en el corazón. Porque Joan, si que sabe lo que es pasar trabajos y sin sabores. Su vida no fue nada fácil. Tuvo que cuidar a sus hermanos y vender pan en las calles para mal alimentarlos. A pesar de todas sus miserias y tristezas se propuso triunfar y lo ha logrado. Así que para Joan, en cualquier lugar del mundo en que se encuentre que sepa que mi humilde página le rinde tributo.

La enana y el peso

Divisé la figura de una mujer “enana” en plena calle de Santo Domingo. Se empinaba mientras alzaba sus manos para pedir a los conductores que transitaban igual que yo la avenida Tirandentes. A mí, siempre me han gustado esos seres pequeñitos que parecen duendes, así que miré en mi bolso, a ver si encontraba unas monedas para darle. Pero sólo apareció un peso. Le dije: “Toma querida, Dios te bendiga”, mientras esbozaba yo una de esas sonrisotas de oreja a oreja, que casi siempre es habitué en mí. Pero en vez de recibir las gracias por parte de esa mujer pequeña de estatura, pero que es grande cuando quiere ser dura, recibí su desdén y me increpó: “Ya no se da peso”. ¿Oíste? Ya no se da peso, qué yo compro con un peso”- me dijo casi al darme golpes. Yo no lo podía creer. Ella se molesta porque le di un peso. El único menudo que tenía yo en la cartera. Le sonreí de nuevo y le dije: ¿Y a mí quién me da? ¿Yo te doy mi peso, que gané con mi sudor y tú me echas en cara lo poco que te doy? No me des nada. ¿Crees que me voy a morir porque tú no me des? Me fui de allí desconcertada, sin saber qué pensar. Es cierto que un peso no da para nada…pero a peso a peso, se llena la enana el buche, como dice el refrán.