
Encontré a la haitiana con el bebé en brazos en plena avenida de la capital. El infante al parecer solo tiene días de nacido y ya está en la calle soportando la inclemencia del sol caliente, que le quema su tierna piel.
La mujer haitiana alquila al bebé para usarlo en sus planes: pedir limosnas a los transeúntes,que muchas veces se apiadan de su situación, sin saber que caen en la trampa de estas personas, que se benefician de la solidaridad y el dolor del otro.
Le tomo la foto para que me quede la prueba. Ella se molesta. Me grita cosas en creol. Sé que no es nada agradable por el tono de voz y sus gritos.

El semáforo cambia a luz verde y arranco. Más adelante vuelvo y me sorprendo al encontrarme con un niñito haitiano tan pequeño, que los vehículos que transitan a velocidad por la vía, no ven por su diminuta estatura. Le pregunto quién lo tiene en la calle. "Mi tio", me dice en mal español. Tengo que proseguir la marcha. En el trayecto a casa voy pensando qué será de Quisqueya en tan só1o par de años si seguimos con esta migración descontrolada. Prefiero terminar aquí porque no quiero ni pensarlo.